domingo, 15 de febrero de 2015

Atrapado

No fui plenamente consciente de que era completamente suyo hasta que sus labios tocaron los míos. Había entrado despacio en su juego, siguiéndola en cada uno de los pasillos con los que había tejido su particular laberinto, sin darme la vuelta para ver cómo la salida de aquella maraña de engaños y verdades a medias se iba quedando atrás.
Cuando la conocí, había llegado a la conclusión de que empezar algo con ella estaba mal pero en mi cabeza, algo que en otras circunstancias hubiera sido imposible pensar, se había instalado el pensamiento de que no tenía nada qué perder, que si había alguien perjudicado, sería ella.
Pero me equivoqué; me equivoqué de cabo a rabo, de arriba a bajo y desde el principio hasta el final. Ella no tenía nada que perder, puesto que todo era una impostura, un invento para guardar cierta normalidad y apariencia. No había, ni había habido ninguna relación, ningún novio ni amante que la esperaba al final de cada cita... ni siquiera había padres que la apretaban y que la exigían más de lo exigible para una mujer de su edad... no había nada más que humo, un humo que me cegaba en una apariencia falsa, una realidad montada en el aire y que, apenas la tocaba, se caía para levantarse segundos después con otra mentira, que ella sabía que yo creería a pies juntillas porque mi alma ya estaba envenenada con sus ojos, con su voz, con sus desgracias y con sus penas imposibles.
No me empacha decir que acepté aquellas mentiras y supuestos como si fueran verdades absolutas. Para mí, su boca, la que estaba besando en ese momento, recitaba el Evangelio pese a las no pocas contradicciones y falsedades que en la de otros hubieran chirriado como el cerrojo de uno de los corralones viejos que hay en mi pueblo.
Pero el hechizo se conjuró de nuevo en cuanto nuestros labios se separaron y sus ojos inundaron mi mente y mi alma, esparciendo de nuevo en ellas su verde veneno.
Sonreí como si aquel beso hubiese curado todos mis males. En cambio, su boca parecía una mueca burlona y cruel, plenamente consciente de que su embrujo ahora no tenía más límite que el que ella impusiera.
Hoy sigo envenenado, con verde elixir de sus ojos corriendo por mis venas, deseando unir sus labios a los míos para que, aunque sea por unos instantes, despertar de esta dulce pesadilla y dejar de ser su esclavo.

FIN

La Pesadilla

Había llegado al extremo de no querer dormir y eso empezaba a ser más preocupante que el cerrar los ojos y enfrentarse a aquella pesadilla que se repetía una y otra vez, hasta dos veces en la misma noche. Sus padres miraban con preocupación aquel fantasma en el que se había convertido, arrastrándose de un lado para otro de la casa y regañándose cuando sentía que los ojos se le entrecerraban.
         Su hermana empezó pronto a aprovecharse de la situación, registrando y saqueando sus cajones y el armario. No se sentía con fuerzas ni para alzar la voz. Celia, su amiga del alma, a la que le confiaba todos sus secretos, estaba fuera de éste, porque Celia era el centro de su pesadilla y no se atrevía a contárselo a otra persona, porque odiaba “traicionar” a su amiga por un sueño.
         La voz de su madre, que parecía rebotar desde el fondo de un pozo, le advirtió de que, precisamente, Celia estaba al teléfono.
         Se puso a desgana, pero las cinco palabras que soltó la amiga despejaron su mente como si fuese el más poderoso estimulante del mundo: - “Te espero en  el Centro” – dijo Celia, justo antes de que se cortara la conversación.
         Era el comienzo de su pesadilla. Exactamente así era cómo empezaba aquella tortura, todas las noches del último mes: Frenéticamente marcó el número del teléfono móvil de su confidente, pero la mecánica voz del buzón de voz se repitió por tres veces antes de que decidiera desistir y enfrentarse, despierta y alerta, a su pesadilla.
         Se duchó con agua casi helada para despejarse del todo, se maquilló para borrar de la cara las huellas de la falta de sueño y se vistió para la ocasión con una faldita roja, una blusita blanca y unos zapatos negros que no había llegado a usar nunca, pero que le parecieron adecuados para su atuendo.
         Cuando se miró al espejo, cayó en la cuenta de que estaba vestida igual que en su pesadilla. Se abrió la blusa y, efectivamente, el sostén era de color carne y las braguitas, negras, Hasta la cenefa de las medias coincidía. Por un momento se asustó, pero se dominó lo mejor que pudo, alegando que era una mala pasada de su subconsciente. Las piernas no dejaron de temblarle durante todo el trayecto en Metro hasta el “Centro”, como denominaba el grupo de amigas al centro comercial donde solían quedar los viernes por la tarde, después de volver de la universidad. Ese lugar era el eje de su existencia... y al parecer, el escenario para su final.
Apretó los puños al salir del Metro. Allí estaban la ambulancia, los dos policías y la anciana sentada en la acera, recuperándose de un desmayo.
 ¿Estaría bajo los efectos de un conjuro?. Ya empezaban a ser demasiadas coincidencias, si es que a esas horas podía hablarse de coincidencias.
-Podría aprovechar y desmayarme yo también. No me vendría nada mal-. pensó, sorprendiéndose por estar de buen humar a esas alturas.
Echó a andar calle abajo, tratando de captar cualquier detalle que le recordara a su sueño, pero tenía la mente bloqueada, repitiendo una y otra vez la escena que esperaba que nunca llegara a suceder, pero que estaba segurísima de que iba a vivir en pocos minutos. Cuando llegó a la esquina desde donde podía ver ya la puerta del Centro Comercial, tuvo que obligar a sus pies a no echar a correr en dirección contraria y refugiarse en el Metro.
 Tenía que terminar aquello de una vez por todas o se volvería loca.
         Echó mano al bolso, la única nota discordante en aquella pesadilla viviente y sacó el teléfono, para hacer un último y vano intento de comunicación con Celia.
         Ya estaba claro que, sucediese lo que sucediese en el interior del centro, ya nada en el mundo volvería a ser lo mismo.
         Optó por ponerse las gafas de sol, para aparentar mayor seguridad y con paso firme subió las pocas escaleras que daban acceso al Centro Comercial. Las dos puertas automáticas se le imaginaron las fauces de un monstruo dispuesto a devorarla.
         Celia estaba allí, preciosa, vestida con un pantalón que le estaba como pintado. ¿Por qué se fijaba en esos detalles, sabiendo, como sabía, lo que iba a suceder?.
         -Te he llamado un par de veces por el camino. Tienes el móvil apagado- comentó, a modo de saludo, mientras se daban los dos besos que marcaba el ritual de sus citas.
         -Qué raro- comentó Celia, sacando el teléfono del bolso- Mira... está encendido y no me han llamado en toda la mañana.
         - No tiene importancia. ¿A qué venía tanta prisa?. He venido a toda leche.
         -Clara, deberías ponerte más veces esa falda. Te queda muy bien- repuso Celia, alargando la mano para evaluar el tacto del tejido.
Su interlocutora se limitó a sonreír, aunque instintivamente retiró unos milímetros la pierna. Era el momento de la verdad, en el que Celia se convertiría en un monstruo que la haría desgraciada para toda su vida.       Cualquier cosa que pasara sería buena, incluso si Celia le declarase allí mismo que era lesbiana y estaba enamorada de ella, algo que le resultaba inconcebible, además de asqueroso.
         -Gracias por el cumplido- suspiró Clara- me gusta mucho, pero casi nunca encuentro la ocasión para ponérmela.
         -No es por nada, cielo, pero es que como sigas así, en pocos días no te la vas a poder poner.....
         De repente, sintió vértigo y su estómago hizo un amago de rebelarse y vaciar su contenido encima de la mesa. Ahí estaba: su peor pesadilla se había cumplido y Celia, su superamiga del alma, la que nunca le había fallado, a menos que se tratara de tíos, acababa de sentenciarla. Se sentía hundida y destrozada para toda la vida: acababa de llamarla gorda.


FIN

La Cita

La calle, vista desde el piso superior de aquella cafetería, parecía un mar de paraguas. Por tercera vez en cinco minutos, controló la hora. Aún era demasiado pronto. Había llegado temprano y ahora, después de una copa de vino y la mitad de otra, se sentía bien, a gusto y en un estado de relajación razonable, pero una cita a ciegas en pleno centro de Madrid, a mediados del mes de noviembre, con agua cayendo a espuertas y los autobuses y el metro a reventar de gente, no permitía una relajación total.
Cinco minutos para la hora: comienzan las dudas. ¿Vendría, no vendría?. Miró el teléfono móvil, esperando ver cómo llegaba el fatídico mensaje: “me ha surgido un imprevisto, lo siento”.
La hora en punto. La mitad de la copa de vino ha desaparecido y en la calle, los paraguas siguen moviéndose de un lado a otro. Uno, marrón y beige, se detiene delante de la cafetería.
El corazón se acelera. Las paredes de la cafetería parecen moverse, haciendo mucho más pequeño el espacio. Falta aire. Tentación de encender un cigarrillo y romper años de abstinencia.
De repente, aparece Martha. Es más bajita de lo que imaginaba, pero es mucho, muchísimo más guapa que en la fotografía que le envió. Mira hacia las mesas que se alinean contra el ventanal y sonríe. Se han reconocido. Primer paso concluido. Ella se sienta a su lado, después de dos besos bastante indecisos. Martha es holandesa y se nota en esos detalles. No está acostumbrada a tanto besuqueo.
-Me encantó tu última carta- dice Martha con su español correcto, pero un tanto brusco.
-Gracias... y gracias por venir. No es nada habitual que yo ande por ahí, citando a la gente a ciegas. De hecho, no he tenido nunca una cita a ciegas... hasta ahora.
-Bueno, no es técnicamente a ciegas- medita la holandesa en voz alta- Ya nos hemos escrito muchas cartas, hemos chateado muchas veces, hemos hablado alguna vez por teléfono. Es como si te conociera de hace mucho tiempo.
El encuentro es perfecto, con muchas risas, muchas miradas, muchas historias que contarse mutuamente y ninguna gana de que terminase el día.
La cita, prevista para las once de la mañana, termina a las cuatro y media de la madrugada, en la puerta del colegio mayor de Martha, entre besos y suspiros.
-¿Hasta mañana?- pregunta Martha, con un poquito de miedo.
-Hasta mañana- es la respuesta, acompañada de un beso.
Martha sale del coche y mira a ambos lados de la calle, como asegurándose de que nadie ha visto lo que ha sucedido.
Después muchas citas más, una noche quedan para cenar en un restaurante bastante discreto al que no han ido nunca antes.
Martha está radiante. Se ha cambiado el peinado, soltando su habitual cola de caballo por una melena suelta y rizada que le favorece mucho más aún.
La cena transcurre, como en las citas anteriores, como la seda, charlando de un millón de temas diferentes en los que coinciden en el 90% de las opiniones.
-Si te pidiera que te vinieses a vivir conmigo... ¿aceptarías?
Martha se calla durante unos segundos.
-Tu padre no lo aceptará.
-Mi padre es lo que menos me importa. Sé que no le va a gustar nada... pero acabará aceptándolo. Él ya sabe lo nuestro. Mi padre no es mi dueño. No... no lo es.
Martha se muerde el labio.
-¿Y cuando yo vuelva a Holanda?
-Para eso faltan muchos meses. Pero quizá me he precipitado. Disculpa...
-No, no te has precipitado- Martha sonríe con calidez y un poco de rubor se deja notar bajo el maquillaje-  Quiero vivir contigo, pero quería estar segura de que has pensado en que lo nuestro no es habitual...
Se cogen de las manos. El pacto queda sellado con un beso.



A Tamazegh y Haase77, mis “holandesitas” preferidas. Que seáis muy felices.

Mr. T


FIN

El Alma

“De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma”, reza una famosa frase de San Francisco Javier, uno de los más grandes misioneros jesuitas.
Pero ¿Qué ocurre cuando alguien no tiene alma que perder?

Desde muy pequeño, Sebastián podía ver “cosas raras”, un mundo de seres etéreos que iban de un lado a otro sin reparar en él, como si fuera invisible, mientras que ellos sí parecían reparar en las otras personas “normales”, que a su vez, ignoraban o no podían verlos.
Durante unos años, aquellos seres desaparecieron, para reaparecer con fuerza a los pocos días de cumplir los 25 años. Concertó una cita con un psiquiatra, pero en el trayecto que iba de su casa a la consulta, una pelirroja se sentó junto a él en el metro.
-Puedes verlos ¿verdad?
-¿Cómo dice?
-Sí, a los ángeles... están por todas partes, a nuestro alrededor, yendo, viniendo, cuidando las almas que ellos –señaló alrededor- llevan dentro.
-¿Y por qué puedo verlos yo y no ellos?
-El alma actúa de filtro.
-¿Qué quieres decir?
-Que tú no tienes ese filtro. Eres un error. No tienes alma.
-Pero... yo... si yo no tuviera alma...
-No la tienes- se empecinó la mujer.- Eso no quiere decir que seas un depravado o un ser irracional. Eso depende de cómo afrontes la vida.
-Esto es una locura- dijo él, sacudiendo la cabeza, como si con ello quisiera echar de su mente a la pelirroja y a los “ángeles”, como los había llamado ella.
Una luz se hizo en su mente.
-Todos estos “seres” son ángeles, ¿no?... ¿Dónde están los demonios entonces?
-La respuesta a eso es complicada y no creo que estuvieras preparado para asumirla...
-¿Tú eres un demonio?
-Oh, no... no... Yo soy una mujer normal, que como tú, no tengo alma.
-¿Y somos muchos?
-No, unos pocos en el mundo, pero los suficientes como para que Dios se haya percatado de que estamos aquí.
-¿Qué?
-Bueno, no sé cómo explicártelo... pero deberías leer esto.
La mujer sacó de su bolso un librito con pinta de libro de oraciones y se lo entregó.
-Ahora debo marcharme. Hemos estado juntos mucho tiempo y alguno de los “guardianes” podría habernos detectado. Solos no corremos apenas peligro, pero juntos somos una sombra que no pasa desapercibida.
La pelirroja bajó del vagón en la siguiente parada sin decir nada más.
Él miró alrededor, para ver las reacciones de los que tenía alrededor, pero nadie parecía haberse dado cuenta de la conversación. Incluso dudó de que alguien hubiera visto a la mujer.
Su vida se había convertido, en menos de cinco minutos, en una novela barata de espías. “Chica misteriosa se acerca a chico, chica misteriosa le confiesa algo terrible, le da un microfilm –en este caso un libro- y chica misteriosa desaparece, dejándole el marrón al chico”.
Este pensamiento le hizo sonreír amargamente. Cuando llegó a su parada y se bajó del metro, algo le hizo volver la cabeza. Allí, plantado en medio del andén, uno de aquellos seres etéreos flotaba, como esperando algo o a alguien. No era como los otros, que no pasaban de ser unas simples siluetas. Este era alto, grande, casi corpóreo. No iba y venía, acompañando a alguien, sino que estaba allí, plantado. De vez en cuando, alguno de los otros “ángeles” se detenía y parecía hablar con él. Se sentó en un banco y le observó más detenidamente. En un momento dado, de su mano surgió una espada con los filos envueltos en llamas y se acercó, flotando hasta un adolescente que salía del tren que acababa de llegar. El ángel levantó la espada y la descargó, atravesándolo. Aparentemente no sucedió nada, pero cuando el chico estaba subiendo las escaleras para abandonar el andén, una mujer que bajaba en sentido contrario a toda prisa le empujó, desequilibrándole.
Cuando llegó el SAMUR, no pudieron hacer nada por el chico: se había desnucado al caer contra el último peldaño.
Asustado, Sebastián, el hombre sin alma, salió a escape por la otra escalera.
Aquel ser era uno de aquellos “vigilantes”, encargados de erradicar los “errores”.
Eso y otras muchas cosas más las había aprendido en aquel librito que le había dado la pelirroja.
Seis meses después de aquel encuentro, Sebastián, Sebas, había aprendido de memoria todo lo que había en aquel librito y había llegado a una conclusión: el alma era el mayor freno que podía tener un hombre o mujer. Sin alma que impidiese el acceso a una gran parte del cerebro, cualquiera podría comunicarse por telepatía, mover objetos por telequinesia, levitar... e incluso doblegar voluntades por medio del pensamiento. Pero esto era peligroso, porque era lo único que podía atraer la atención de un vigilante que estuviese cerca.
Apenas había pasado un año, Sebastián recibió una carta, firmada por una mujer, que decía conocerle y que él identificó como la pelirroja que le abordó en el metro un año atrás. Quería citarse con él en un lugar donde podrían hablar a distancia, pero lo suficientemente cerca como para verse y que ella le pudiera dar algo.
El lugar acordado para la cita, un parque, estaba lleno de gente. Se hablarían a través del teléfono móvil y sólo entrarían en contacto para que Sebas recogiera algo que ella tenía para él.
Sebastián marcó el número de teléfono que acompañaba  a la carta a la hora indicada y la voz de la mujer pelirroja le llegó desde el auricular.
-Hay un vigilante junto a la fuente grande- fue lo primero que dijo ella.
-Lo he visto- ¿Casualidad?
-Es posible, pero cuando te pasas toda la vida huyendo de ellos, nada te parece casualidad.
-¿Por qué nos quieren matar? ¿Qué les hemos hecho?
-No es lo que hayamos hecho, sino lo que podemos hacer. Tú ya sabes una parte, una pequeña parte... Ellos, en realidad, nos tienen miedo, Sebastián. Miedo.
-Antes que nada, quisiera saber unas cuantas cosas....
-Como por ejemplo, ¿cómo sabemos tanto de ti?
-Antes que eso, quiénes sois, por qué yo...
-Considéranos como la Asociación de Víctimas del Terrorismo, de la que tú, por el simple hecho de no tener alma, eres miembro de pleno derecho. En cuanto a cómo sabemos tanto de ti es por el psiquiatra al que ibas a visitar. Ha sido pura y simple casualidad. Él nos puso sobre tu pista.
De repente, ella guardó silencio. Sebastián sintió un escalofrío y miró hacia el lugar donde estaba el vigilante que había detectado al llegar. Además del vigilante, Sebas vio dos figuras altas, vestidas con unas túnicas blanquecinas, que avanzaban entre la gente.
Una persona se volvió hacia ellos y echó a correr por el parque, como enloquecido.
Los dos extraños personajes volaron tras él, perdiéndose tras unos setos.
-Arcángeles- murmuró la mujer al otro lado del teléfono- Ese pobre desgraciado los ha visto o los ha sentido.
-¿Lo matarán?
-Ya está muerto. Tengas o no alma, ver a un arcángel es la muerte segura. Nos vamos de aquí. Voy a dejar un maletín en el banco en el que estoy sentada. Junto a la fuente... ¿me ves?
-Ahora sí- dijo Sebastián, al divisar a la mujer, sentada junto a una fuentecita, mirándole fijamente.
-Bien, ven hacia mí y cuando estés a cinco pasos, yo me levantaré y me dirigiré hacia mi izquierda. Tú cogerás el maletín y te irás en sentido contrario.
-¿Y los arcángeles?.
-Esperemos que no aparezcan.
-¿Y los demonios? ¿Por qué no los vemos?
-Oh, sí que los ves... pero por ahora no es necesario que sepas más de ellos. Cuidado con los vigilantes.
Sebastián cogió el maletín y se marchó a casa. Justo en la puerta vio dos vigilantes, que parecían esperarle.
Ni se inmutaron cuando pasó entre ellos. Pero apenas abrió la puerta de su casa, estuvo a punto de gritar de terror. Tirada en el suelo, estaba la mujer pelirroja y junto a ella, los dos arcángeles.
-No vamos a hacerte daño- dijo una voz cavernosa que no provenía de ninguna parte en concreto.
-¿La habéis matado?
-Nos está prohibido matar- replicó la voz, que Sebastián supuso era de los arcángeles.
Él miró a la mujer pelirroja. Sí, aparentemente respiraba.
-¿Por qué?
-Jamás habríamos intervenido si ella y los... otros se hubieran atrevido a hacer un movimiento de “resistencia”
-¿Y si yo fuera de su movimiento?
Los dos arcángeles se aproximaron a Sebastián, que estuvo a punto de correr hacia la escalera, pero los dos seres pasaron a través suyo y desaparecieron por el hueco del ascensor.
La mujer despertó lentamente.
-Dijiste que ver a un arcángel era morir.
-¿Me han traído ellos?
-Sí.
-Pues hemos muerto....
-Yo me veo muy vivo.
Ella se levantó del suelo y se acercó a una ventana.
-Ven, mira
-¿No notas nada extraño?
-No... los mismos coches de siempre, al misma cantidad de personas....
-Y ni un solo ángel, ¿verdad?
-No... ¿Por qué?
-Porque tu alma, y la mía, no nos permiten verlos.
A la mañana siguiente, Sebastián se levantó con un terrible dolor de cabeza, probablemente fruto de la gran cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo.
A su lado, la mujer pelirroja ronroneaba como un gato, aún dormida.
-Vaya mierda- se dijo, mientras se levantaba e iba al baño. Pero mientras volvía a la cama, se quedó paralizado: Junto a su compañera accidental de cama había una débil figura evanescente.
-Oh, mierda... otra vez no.
-¿Qué dices?- murmuró ella.
-No, nada... me duele mucho la cabeza.


Cuento del Viejo

Muchos le consideraban el más viejo de los ángeles. Incluso los grandes Arcángeles le hablaban con sumo respeto. Todo el mundo le saludaba gravemente y con una ligera inclinación de cabeza. Su figura encorvada y sus cabellos blancos eran inconfundibles.
-¿Por qué, siendo seres perfectos, él es así?- Se atrevió a preguntar un serafín al Arcángel Gabriel.
-Es por su trabajo- le explicó el arcángel-. Reconstruye corazones. Ha sido tocar tanto dolor ajeno lo que le ha hecho así.
Un buen día, Miguel, como capitán de los seres celestiales, llegó hasta el lugar de trabajo del viejo ángel.
Éste, encorvado sobre una mesa repleta de trozos de estaño de diferentes formas y tamaño, hablaba suavemente y trabajaba con un juego de buriles y un pequeño braserillo de carbón tan antiguos como el primer hombre. Nunca se apresuraba y a veces trabajaba hasta en cien corazones a la vez. Luego, cuando terminaba con uno, lo guardaba en un bolsillo especial que tenía en su amplia túnica y lo llevaba mientras paseaba al borde de los bancos de nubes, antes de dejarlo caer, con el mismo gesto de quien suelta una paloma.
-Señor, quisiera hablaros de un tema “delicado”- comentó Miguel con voz suave.
El viejo pareció no haberle escuchado y continuó trabajando en uno de aquellos trozos de estaño y susurrando palabras amables.
Miguel estaba a punto de volver a decir algo, cuando el viejo clavó sus profundos ojos castaños en los de Miguel.
Éste, aunque acostumbrado a enfrentarse a horripilantes demonios en mil batallas, no pudo sostener mucho rato aquella mirada.
-¿desea algo nuestro capitán?
-Se trata de uno de los nuestros. Ha dejado de creer- expuso Miguel con su acostumbrada sencillez militar.
-Y está abajo, si no me equivoco.
-Sí.
-O sea, que ya tiene corazón. Por eso has venido hasta aquí. ¿Por qué crees que yo puedo ayudarte?
-Porque sufre. Sabemos que le han hecho mucho daño.
-Si sabes eso, sabes dónde está. Sólo tienes que enviar a Gabriel o a Rafael. Yo escogería a Gabriel. Esa manía suya de hacer las cosas a lo grande hará que vuelva a creer. A todos nos encantan sus espectáculos.
-No es tan sencillo- suspiró Miguel, depositando un saquillo de tela sobre la mesa del viejo ángel.
-Así que ya le habéis encontrado. Y por lo que veo, o intuyo, está muy mal.
-Rafael no cree que le podamos recuperar.
-¿Y tú?
-No me gusta que nadie sufra tanto.- replicó el arcángel mientras se marchaba.
Pocos minutos después, un joven ángel, recién ascendido de la categoría de serafín, llegó hasta la mesa del viejo.
-Señor, me han ordenado que me presente a usted.
-¿Te envía Miguel?
-No... Ha sido una orden directa del Creador.
-Ah, bien- se limitó a decir el viejo.
-Sí, señor.
-Coge ese saquillo blanco y ponte a ese lado de la mesa.
Obediente, el joven ángel fue sacando varios trozos de estaño y depositándolos sobre la mesa. Mientras, el viejo había sacado una gran lupa y estaba uniendo dos pequeñas piezas.
-¿Por qué lloras, maestro?- le preguntó el joven.
-Coge esas dos piezas grandes- le pidió el anciano.
         El aprendiz de “mecánico de corazones” tomó los dos trozos de estaño que le habían dicho y trató de unirlos, tal y como lo hacía el otro ángel.
-¿Siempre duele así, Maestro?- Preguntó, con los ojos bañados en lágrimas
-No, no siempre. A veces duele más- replicó el viejo.
-¿No se puede evitar, Maestro?-
-Sí que se puede. Cuando cojas el estaño, háblale con amor. No uses fórmulas, no hagas ritos. Siente cada una de esas palabras, ama de verdad. Ningún corazón roto es igual, ni siquiera parecido a los demás. Coge esa pieza grande y aquella pequeña de allá. Inténtalo haciendo lo que te he dicho.
Poco rato después, los dos ángeles trabajaban casi en silencio. Apenas a un metro de la mesa, apenas se oía un débil susurro de palabras de amor.
-¿Crees que lograrán devolvernos al perdido?- Preguntó Rafael a Miguel, mientras observaban cómo ambos “corazoneros” trabajaban.
-No lo sé- suspiró el capitán- Ni siquiera sé si trajimos todas las piezas o si hemos hecho bien trayendo su corazón aquí.
-Sabes que sí es lo correcto- replicó Rafael.- Incluso Él ha llamado a uno de los tuyos para que ayude al viejo Shenagel.
Por un momento, los ojos del anciano ángel se cruzaron con la flamígera mirada del capitán celestial, con un leve asentimiento de cabeza.
En ese momento, el joven ayudante levantó una esfera de estaño del tamaño de un puño.
-Ya está- exclamó triunfante el aprendiz.
El viejo hizo una seña a Miguel para que se acercase a ellos.
-Nuestro querido amigo lo ha conseguido, capitán, pero no ha sido gratis. Mira sus manos. Se ha cortado, y su sangre mancha el corazón del perdido. Ya sabes lo que eso significa y qué es lo que debe hacer.
-¿qué sucede?- preguntó, asustado, el joven ayudante.
-Debes bajar a llevárselo tú en persona.
-¿Yo?... yo no soy uno de los ángeles de Rafael, yo no puedo bajar...
-Sí que puedes. De hecho, debes hacerlo. Tu sangre mancha su corazón y nuestro hermano debe saber de quién es.
-¿Y cómo voy a encontrarlo? No sé qué aspecto tiene.
-Deja caer su corazón desde el borde de la nube- le dijo el anciano. Luego, sólo debes dejarte caer. Él, en su infinita sabiduría, sabrá hacerte llegar hasta el perdido. Abajo las cosas son diferentes. Tendrás que nacer, crecer y morir. Olvidarás quién eres aquí hasta que regreses.
Unos días después, Miguel se encontró al viejo Shenagel paseando al borde del banco de nubes.
-Buenos días, Señor. ¿Qué tal nos encontramos hoy?
-Eres un soldado, Miguel. La diplomacia no es lo tuyo.
-Lo sé, Señor, pero no sabía cómo preguntaros....
-¿Cómo está el joven que bajó tras el perdido?
-Sí, eso es lo que quería preguntaros.
-Está bien. La Providencia está trabajando en el Encuentro.
-¿Lo conseguirá?
-¿Encontrarse? Sí, se encontrarán.
-¿Lo traerá de vuelta?
-No sé ver en el Futuro, pero no confío en ello. Antes de bajar, pude echar un vistazo en el interior del corazón que dimos a nuestro joven hermano. ¿Quién fue quien se lo escogió?
-Fue Rafael, en calidad de supervisor de todas las expediciones abajo.
-El siempre noble Rafael... Le ha dado un corazón sano y noble, incluso demasiado abnegado para este tipo de trabajos. Nuestro hermano no volverá, y creo que después del Encuentro perderemos la pista del perdido.
La flamígera mirada de Miguel pareció bajar de intensidad.
-No te preocupes por él. Será un Gran Mecánico ahí abajo. Velaré por él y recompondré rápidamente su corazón cuando le hieran.

Las Once menos diez. Ella no ha legado aún. Los latidos del corazón retumban casi con violencia alrededor de las sienes con extraño eco metálico.
Paciencia, serenidad, calma.... Ahí está, saliendo de un coche.
-¿Susana?
-Sí.