domingo, 15 de febrero de 2015

El Parque

No decía nada. Simplemente estaba allí, apoyado en la barandilla, mirando los árboles, el camino, la estatua, la fuente a medio construir... mientras la lluvia le empapaba. Para él, el horizonte terminaba apenas cien metros delante. Cualquier cosa que hubiera más allá, para él era transparente, invisible. A veces miraba hacia el árbol en el que la vio el día anterior, como si fuera a aparecer de un momento a otro.
A veces alguno de los peatones que pasaba detrás de él le miraba. Unos con pena, otros con incredulidad. ¿Qué haría aquel tipo allí, debajo de aquella llovizna incesante, sin paraguas y mirando hacia el parque vacío?
Pero el agua y el frío que empezaba a calar en los huesos del muchacho no parecía afectarle y se mantenía allí, apoyado en la barandilla de hierro. Algunas lágrimas se mezclaron con la lluvia.
De repente, sin previo aviso, él se volvió y vio a una chica, completamente desconocida, que le miraba con más bien poca discreción. Ella se acercó a su lado y le cubrió con su paraguas. Ninguno de los dos dijo nada. Se limitaron a centrarse en sus propios pensamientos. Al cabo de unos minutos, los dos estaban cogidos de la mano y seguían mirando el parque. Seguía cayendo agua, ahora un verdadero diluvio, pero ninguno de los dos se movió del sitio en el que estaban. Seguían sin despegar los labios. No hacía falta.
Una pareja de policías pasó por delante de ellos, haciendo la ronda por el parque. Ambos los siguieron con la mirada hasta que desaparecieron tras la valla que cerraba la fuente en obras. Poco a poco, la lluvia fue remitiendo y cesó de llover cerca de las tres de la tarde. En una mirada de mutua comprensión, él y ella comenzaron a caminar hacia la escalera que descendía hasta el parque y pasearon por las veredas cubiertas  de hojas muertas. El cielo dejó pasar algunos rayos de sol y el tono monótono de los árboles se transformó en un Arcoíris que iba desde el verde hasta el ocre, pasando por el amarillo y el rojo. Cuando llegaron al otro lado del parque, el sol, un sol ya rojizo, estaba justo por encima de la línea del horizonte, ahora mucho más abierto que por la mañana, cuando él se apoyó en la barandilla.
Cuando se separaron, justo cuando los primeros faroles arrojaban una débil luz azulada, ninguno de los dos había pronunciado ni una sílaba, ni maldita la falta que había hecho hablar.
Él vio cómo ella se subía al vagón de metro y le dedicaba una última sonrisa, una muda señal de comprensión a la que él respondió con un beso lanzado al aire con los dedos. El silbato del metro fue el “hasta siempre” que ninguno de los dos pronunció.
FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario