domingo, 15 de febrero de 2015

El Jugador

En el Gran Casino le conocían desde hacía ya más de 25 años. Acudía allí dos veces por semana, dejaba una ficha de 100€ encima de la mesa n.º 6 de Black Jack y decía: “carta, por favor”.
El resultado era el mismo, invariablemente. La escena se repetía tres veces cada noche que él acudía. Todo el mundo en el casino le respetaba como si se tratara de una deidad viviente. Cuando se marchaba, el director en persona le saludaba amistosamente y siempre había untaxi a su disposición.
-En el fondo, me da mucha pena- suspiró René, el crupier que siempre atendía a Don Tomás, como se conocía popularmente al personaje en cuestión.
-¿Tanto ha perdido?- preguntó mordaz un francés bajito que no conocía a Don Tomás.
-No, monsieur. Todo lo contrario. Don Tomás es incapaz de perder- le respondió René muy serio.
Efectivamente, desde 1975, cuando con 19 años y un traje prestado, Tomás Canteras, un emigrante español, entraba por primera vez en un casino, nunca había perdido una mano al Black Jack. Aquel día le había invitado su jefe francés , para el que trabajaba como chófer, a entrar en el Gran Casino de Mónaco. Tomás se jugó diez francos sin ni siquiera haber visto una baraja francesa en su vida, pero un impulso le empujaba o le impedía pedir carta.
Aquella noche hizo saltar la banca. Aquella sensación de poder le gustó y seis meses después, volvió al Casino e hizo saltar la banca de nuevo. No volvió a Mónaco hasta 1981 y aquella noche conoció a René, un crupier que pasaba por ser el mejor que tenía el casino. Tomás ya no quería hacer saltar la banca, sino que había descubierto que, habiendo dinero de por medio, aunque fuera una peseta o un céntimo de franco, ganaría seguro.
Anonadado, René vio cómo, mano tras mano, partida tras partida, cambiando en cada mano la baraja de cartas, cambiando incluso de crupier, Tomás Canteras ganaba todo. El Gerente del Casino había intentado descubrir de mil maneras diferentes si había trampa, había intentado desconcentrarle de las maneras más insospechadas, pero Don Tomás estaba limpio y pasara lo que pasara, siempre ganaba. Incluso poniendo un tahúr frente a él, las cartas parecían cambiar mágicamente. Al final Don Tomás solicitó una entrevista con el Director y el con el gerente.
-Señores, quiero perder- les expuso sin ambages- Se lo estoy diciendo en serio. Soy incapaz de perder. Nunca logro pasarme y cuando me planto, por muy ridícula que sea la carta, los demás, o se pasan o no llegan. Lo que les pido, señores, es poder venir dos o tres veces por semana, jugar una cantidad simbólica, al menos hasta que cambie mi suerte.
Los dos directivos se miraron atónitos. Aceptaron sin reparos, ya que alguna vez, la suerte habría de cambiar. Desde entonces, Tomás llegaba todos los miércoles y todos los sábados, se sentaba en la mesa n.º 6, ponía una ficha de 100 francos sobre el tapete y sin más comentarios pedía una carta. En 1989 la dirección del casino puso a René a disposición de Don Tomás. Poco a poco, los dos hombres empezaron a coger confianza, el hijo de René entró al servicio de Don Tomás como contable y la hija mayor pudo ir a una prestigiosa universidad de Estados Unidos gracias  a una partida de infarto en un casino de las Vegas en la que Don Tomás se hizo con más de un millón de dólares. René, a ojos de todo el mundo y pese a los favores que le hacía aquel extraño personaje, estaba a salvo de dudas y sospechas. Se le vigilaba atentamente con doce cámaras de seguridad, había dos hombres de la seguridad del casino siempre presentes en las partidas que disputaba Don Tomás y más tarde, el jefe de seguridad en persona revisaba la grabación de todas y cada una de las cámaras. Si había algo raro, en más de 25 años nunca se había descubierto y no había  ningún motivo para dudar del por otra parte competente y honrado René.
El primer día en que el Euro entraba en circulación, Don Tomás acudió al casino, pese a que no era día habitual. Llegó frente a la mesa n.º 6 y pidió permiso para apostar una fortísima suma.
El gerente accedió, aunque designó a otro crupier. René deseó mala suerte a Don Tomás, como todas las noches, y se sentó en la sala de seguridad para ver la partida en directo.
-Cincuenta Euros a que esta vez la palma.- apostó el jefe de seguridad, poniendo un billete encima de los monitores.- Esto se sale de lo normal.
-Es por el Euro- explicó René, poniendo un billete de 50€ junto al del jefe de seguridad- Cree que su suerte estaba dada porque apostaba en francos.
Los dos empleados del Casino observaron atentamente la pantalla. Si la buena suerte había abandonado a Don Tomás, nadie lo notó, porque hizo Black Jack de salida. René recogió los dos billetes y se los guardó.
El español, con un suspiro, mientras tanto, puso una ficha de 100€ encima de la mesa y volvió a pedir carta.
Y así, tres veces consecutivas. Don Tomás, pidió una botella de champagne, hizo tres montones iguales con las fichas y llamó al director.
-Por favor, envíe estas fichas al Hospicio de la ciudad- separó un montón en el que a ojo había 100.000€.
Después, cogió otro montón y se lo jugó, de una sola vez, en una mesa de ruleta, perdiéndolo al instante. Mandó canjear el tercer montón de fichas por dinero en efectivo y se lo guardó en el bolsillo.
-Lamento haberme salido de lo normal- suspiró Don Tomás, estrechando la mano del Director.
-No se preocupe, monsieur Tomás. Perder contra usted es siempre todo un placer, pero no se salga usted mucho de lo normal....
Un día de febrero del año 2002, don Tomás falló a su cita. En su lugar, un joven emigrante polaco, el chófer de don Tomás, se sentó en la mesa n.º 6, puso una ficha de 100€ sobre la mesa, miró al crupier y, sin más, pidió una carta.

FIN

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