No fui plenamente consciente de que era completamente suyo hasta que sus labios tocaron los míos. Había entrado despacio en su juego, siguiéndola en cada uno de los pasillos con los que había tejido su particular laberinto, sin darme la vuelta para ver cómo la salida de aquella maraña de engaños y verdades a medias se iba quedando atrás.
Cuando la conocí, había llegado a la conclusión de que empezar algo con ella estaba mal pero en mi cabeza, algo que en otras circunstancias hubiera sido imposible pensar, se había instalado el pensamiento de que no tenía nada qué perder, que si había alguien perjudicado, sería ella.
Pero me equivoqué; me equivoqué de cabo a rabo, de arriba a bajo y desde el principio hasta el final. Ella no tenía nada que perder, puesto que todo era una impostura, un invento para guardar cierta normalidad y apariencia. No había, ni había habido ninguna relación, ningún novio ni amante que la esperaba al final de cada cita... ni siquiera había padres que la apretaban y que la exigían más de lo exigible para una mujer de su edad... no había nada más que humo, un humo que me cegaba en una apariencia falsa, una realidad montada en el aire y que, apenas la tocaba, se caía para levantarse segundos después con otra mentira, que ella sabía que yo creería a pies juntillas porque mi alma ya estaba envenenada con sus ojos, con su voz, con sus desgracias y con sus penas imposibles.
No me empacha decir que acepté aquellas mentiras y supuestos como si fueran verdades absolutas. Para mí, su boca, la que estaba besando en ese momento, recitaba el Evangelio pese a las no pocas contradicciones y falsedades que en la de otros hubieran chirriado como el cerrojo de uno de los corralones viejos que hay en mi pueblo.
Pero el hechizo se conjuró de nuevo en cuanto nuestros labios se separaron y sus ojos inundaron mi mente y mi alma, esparciendo de nuevo en ellas su verde veneno.
Sonreí como si aquel beso hubiese curado todos mis males. En cambio, su boca parecía una mueca burlona y cruel, plenamente consciente de que su embrujo ahora no tenía más límite que el que ella impusiera.
Hoy sigo envenenado, con verde elixir de sus ojos corriendo por mis venas, deseando unir sus labios a los míos para que, aunque sea por unos instantes, despertar de esta dulce pesadilla y dejar de ser su esclavo.
FIN
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