Muchos le consideraban el más viejo de los ángeles. Incluso los grandes Arcángeles le hablaban con sumo respeto. Todo el mundo le saludaba gravemente y con una ligera inclinación de cabeza. Su figura encorvada y sus cabellos blancos eran inconfundibles.
-¿Por qué, siendo seres perfectos, él es así?- Se atrevió a preguntar un serafín al Arcángel Gabriel.
-Es por su trabajo- le explicó el arcángel-. Reconstruye corazones. Ha sido tocar tanto dolor ajeno lo que le ha hecho así.
Un buen día, Miguel, como capitán de los seres celestiales, llegó hasta el lugar de trabajo del viejo ángel.
Éste, encorvado sobre una mesa repleta de trozos de estaño de diferentes formas y tamaño, hablaba suavemente y trabajaba con un juego de buriles y un pequeño braserillo de carbón tan antiguos como el primer hombre. Nunca se apresuraba y a veces trabajaba hasta en cien corazones a la vez. Luego, cuando terminaba con uno, lo guardaba en un bolsillo especial que tenía en su amplia túnica y lo llevaba mientras paseaba al borde de los bancos de nubes, antes de dejarlo caer, con el mismo gesto de quien suelta una paloma.
-Señor, quisiera hablaros de un tema “delicado”- comentó Miguel con voz suave.
El viejo pareció no haberle escuchado y continuó trabajando en uno de aquellos trozos de estaño y susurrando palabras amables.
Miguel estaba a punto de volver a decir algo, cuando el viejo clavó sus profundos ojos castaños en los de Miguel.
Éste, aunque acostumbrado a enfrentarse a horripilantes demonios en mil batallas, no pudo sostener mucho rato aquella mirada.
-¿desea algo nuestro capitán?
-Se trata de uno de los nuestros. Ha dejado de creer- expuso Miguel con su acostumbrada sencillez militar.
-Y está abajo, si no me equivoco.
-Sí.
-O sea, que ya tiene corazón. Por eso has venido hasta aquí. ¿Por qué crees que yo puedo ayudarte?
-Porque sufre. Sabemos que le han hecho mucho daño.
-Si sabes eso, sabes dónde está. Sólo tienes que enviar a Gabriel o a Rafael. Yo escogería a Gabriel. Esa manía suya de hacer las cosas a lo grande hará que vuelva a creer. A todos nos encantan sus espectáculos.
-No es tan sencillo- suspiró Miguel, depositando un saquillo de tela sobre la mesa del viejo ángel.
-Así que ya le habéis encontrado. Y por lo que veo, o intuyo, está muy mal.
-Rafael no cree que le podamos recuperar.
-¿Y tú?
-No me gusta que nadie sufra tanto.- replicó el arcángel mientras se marchaba.
Pocos minutos después, un joven ángel, recién ascendido de la categoría de serafín, llegó hasta la mesa del viejo.
-Señor, me han ordenado que me presente a usted.
-¿Te envía Miguel?
-No... Ha sido una orden directa del Creador.
-Ah, bien- se limitó a decir el viejo.
-Sí, señor.
-Coge ese saquillo blanco y ponte a ese lado de la mesa.
Obediente, el joven ángel fue sacando varios trozos de estaño y depositándolos sobre la mesa. Mientras, el viejo había sacado una gran lupa y estaba uniendo dos pequeñas piezas.
-¿Por qué lloras, maestro?- le preguntó el joven.
-Coge esas dos piezas grandes- le pidió el anciano.
El aprendiz de “mecánico de corazones” tomó los dos trozos de estaño que le habían dicho y trató de unirlos, tal y como lo hacía el otro ángel.
-¿Siempre duele así, Maestro?- Preguntó, con los ojos bañados en lágrimas
-No, no siempre. A veces duele más- replicó el viejo.
-¿No se puede evitar, Maestro?-
-Sí que se puede. Cuando cojas el estaño, háblale con amor. No uses fórmulas, no hagas ritos. Siente cada una de esas palabras, ama de verdad. Ningún corazón roto es igual, ni siquiera parecido a los demás. Coge esa pieza grande y aquella pequeña de allá. Inténtalo haciendo lo que te he dicho.
Poco rato después, los dos ángeles trabajaban casi en silencio. Apenas a un metro de la mesa, apenas se oía un débil susurro de palabras de amor.
-¿Crees que lograrán devolvernos al perdido?- Preguntó Rafael a Miguel, mientras observaban cómo ambos “corazoneros” trabajaban.
-No lo sé- suspiró el capitán- Ni siquiera sé si trajimos todas las piezas o si hemos hecho bien trayendo su corazón aquí.
-Sabes que sí es lo correcto- replicó Rafael.- Incluso Él ha llamado a uno de los tuyos para que ayude al viejo Shenagel.
Por un momento, los ojos del anciano ángel se cruzaron con la flamígera mirada del capitán celestial, con un leve asentimiento de cabeza.
En ese momento, el joven ayudante levantó una esfera de estaño del tamaño de un puño.
-Ya está- exclamó triunfante el aprendiz.
El viejo hizo una seña a Miguel para que se acercase a ellos.
-Nuestro querido amigo lo ha conseguido, capitán, pero no ha sido gratis. Mira sus manos. Se ha cortado, y su sangre mancha el corazón del perdido. Ya sabes lo que eso significa y qué es lo que debe hacer.
-¿qué sucede?- preguntó, asustado, el joven ayudante.
-Debes bajar a llevárselo tú en persona.
-¿Yo?... yo no soy uno de los ángeles de Rafael, yo no puedo bajar...
-Sí que puedes. De hecho, debes hacerlo. Tu sangre mancha su corazón y nuestro hermano debe saber de quién es.
-¿Y cómo voy a encontrarlo? No sé qué aspecto tiene.
-Deja caer su corazón desde el borde de la nube- le dijo el anciano. Luego, sólo debes dejarte caer. Él, en su infinita sabiduría, sabrá hacerte llegar hasta el perdido. Abajo las cosas son diferentes. Tendrás que nacer, crecer y morir. Olvidarás quién eres aquí hasta que regreses.
Unos días después, Miguel se encontró al viejo Shenagel paseando al borde del banco de nubes.
-Buenos días, Señor. ¿Qué tal nos encontramos hoy?
-Eres un soldado, Miguel. La diplomacia no es lo tuyo.
-Lo sé, Señor, pero no sabía cómo preguntaros....
-¿Cómo está el joven que bajó tras el perdido?
-Sí, eso es lo que quería preguntaros.
-Está bien. La Providencia está trabajando en el Encuentro.
-¿Lo conseguirá?
-¿Encontrarse? Sí, se encontrarán.
-¿Lo traerá de vuelta?
-No sé ver en el Futuro, pero no confío en ello. Antes de bajar, pude echar un vistazo en el interior del corazón que dimos a nuestro joven hermano. ¿Quién fue quien se lo escogió?
-Fue Rafael, en calidad de supervisor de todas las expediciones abajo.
-El siempre noble Rafael... Le ha dado un corazón sano y noble, incluso demasiado abnegado para este tipo de trabajos. Nuestro hermano no volverá, y creo que después del Encuentro perderemos la pista del perdido.
La flamígera mirada de Miguel pareció bajar de intensidad.
-No te preocupes por él. Será un Gran Mecánico ahí abajo. Velaré por él y recompondré rápidamente su corazón cuando le hieran.
Las Once menos diez. Ella no ha legado aún. Los latidos del corazón retumban casi con violencia alrededor de las sienes con extraño eco metálico.
Paciencia, serenidad, calma.... Ahí está, saliendo de un coche.
-¿Susana?
-Sí.
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