domingo, 15 de febrero de 2015

Olas de Otoño

-El otoño siempre ha sido una estación triste- pensó Lázaro mientras veía llover tras los cristales, aunque no sabía si era por la lluvia, los días cada vez más cortos o el recuerdo de las aún no muy lejanas vacaciones de verano...
Al otro lado del ventanal de la cafetería, la gente se apresuraba bajo la incesante lluvia. El local estaba casi lleno, con casi todas las mesas ocupadas.
Delante de él, junto a una taza de café a medio terminar, unos folios desparramados y un bolígrafo corriente de color negro.
Llevaba meses esperando que llegase aquel día, y ahora que había llegado, estaba como bloqueado, sin respuesta.
Dos días antes había recibido un mensaje de Maya, una chica que vivía en otra isla. No sabía nada de ella desde bastantes meses atrás y ahora, de repente, reaparecía en su vida. ¿Qué le iba a decir? ¿Que seguía enamorado de ella hasta los tuétanos? Aunque eso fuera la verdad, la simple y pura verdad, era lo último que escribiría en su carta de respuesta. La última vez se habían hecho mucho daño mutuamente y no estaba dispuesto a que volviese a suceder. Maya estaba enferma y, por lo que sabía a través de algunas amistades comunes, estaba rayando en la depresión.
El mensaje que había recibido apenas eran unas líneas interesándose por algunas cosillas banales, del tipo: cómo va el trabajo, la salud, posibles amores... nada más, nada que dejara traslucir un sentimiento de pena, odio, amor o nostalgia, pero Lázaro se sentía casi incapaz de contestarlo, como si se sintiera culpable de la baja moral de Maya o de su enfermedad.
Por fin, tras varias tazas de café, Lázaro pudo articular un mensaje bastante neutro, devolviendo los saludos a Maya y a su familia, viejos conocidos pese a que vivían a más de un día en barco de distancia. Lázaro esperaba que el mensaje, que tardaría al menos cuatro jornadas del servicio de correos en llegar a destino, no llegase en mal momento a las pequeñas, blancas y temblorosas manos de Maya.
Leyó despacio el mensaje, buscando alguna falta de ortografía y al final añadió un par de frases más, interesándose por las mascotas de Maya, una pareja de mininos que siempre estaban rondando cerca de su dueña.
¿Por qué tenía que haberse enamorado de una mujer como Maya?
Guapa era... y mucho. Demasiado quizá. Pero su relación con ella había sido tan inconstante, tan llena de altibajos, que en ese momento no sabía muy bien dónde se encontraba.
¿Y si aquella misiva tan insulsa era la puerta a algo más? ¿Y si hubiera algo oculto tras aquella cuartilla de papel?
Lázaro apartó el folio en el que había escrito su mensaje y escribió otro, esta vez mucho más sincero, declarando por activa y por pasiva todo lo que sentía por Maya. Se declaró, incluso, dispuesto a cambiar de vida con el fin de estar más cerca de ella, de cuidarla, de mimarla hasta que se recuperara.
Esta vez no corrigió nada. Apuró su taza de café, guardó sus cosas y se marchó a casa.
A la mañana siguiente, camino de la fábrica de conservas en la que trabajaba como oficinista, Lázaro detuvo su bicicleta frente a la estafeta de correos.
-Maya Stanklavos- comentó a media voz la encargada de recoger las cartas.
-¿no es esa la chica con la que te escribías el invierno pasado?
-Sí, es ella.
-¿Habéis vuelto?
-Nunca fuimos a ninguna parte- sonrió Lázaro
-Ah, entonces es sólo una amiga- La mujerona le guiñó un ojo.
El día estaba bastante feo, con el cielo del color del plomo, el viento levantaba remolinos de espuma en las olas y a mediodía, parecía que estuviese a punto de amanecer aún.
Unos días más tarde, aprovechando que el día había salido despejado y el viento no pasaba de ser una molestia, Lázaro salió a navegar con la pequeña barca de su padre. De la pequeña mochila que llevaba consigo sobresalía el cuello de una botella, sellada con corcho y plástico. Dentro de la botella, un folio doblado.
-Los mensajes son para enviarse- susurró, mientras depositaba la botella suavemente sobre la superficie.

Dos semanas más tarde, mientras paseaba, Maya vio el cuello de una botella que asomaba entre un montón de algas. No debía haber sido arrojada hacía mucho tiempo, ya que aún se podía ver a través del cristal.
-Los mensajes son para ser leídos- pensó en voz alta mientras  abría la botella y sacaba el folio enrollado que había en su interior.
“Maya, es posible que pienses que estoy loco escribiendo algo que jamás vas a leer, pero necesitaba decirte que te amo...”
La botella se rompió en mil pedazos al caerse de las temblorosas manos de la muchacha.


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