No sabía de qué se trataba, ni de dónde procedía, pero una vocecita en su interior le decía que algo no marchaba por buen camino.
Dio un paseo por el vagón, buscando algo, no sabía qué exactamente, pero convencido de que encontraría lo que le producía aquella sensación interior de alarma.
Volvió a sentarse y decidió echar una siestecita, ya que aún faltaban más de seis horas de viaje y un ratito de sueño no le vendría mal. Así pues, se tapó con el pesado abrigote azul de la armada y dejó que le fuese invadiendo el sueño, al compás del traqueteo del tren.
Despertó sintiendo la misma sensación de angustia. Miró el reloj y comprobó, muy a su pesar, que apenas habían pasado unos minutos desde que se durmió. Hizo un gesto de fastidio y se volvió a arrebujar bajo el pesado abrigote azul marino, casi negro, pero le fue imposible volver a conciliar el sueño. El tren redujo la marcha y acabó por detenerse con una leve sacudida.
¿Qué ocurría? Ahora la sensación de alerta, de peligro, era más fuerte, más intensa. Se quitó de encima el abrigo y se despejó, echándose un poco de agua por la cara.
Al volver al asiento, justo enfrente, había alguien. Una chica, joven, que leía una revista.
-Hola- saludó el militar al tomar asiento.
-Hola- respondió la joven, ensanchando su ya amplio rostro oriental con una sonrisa.
Durante una hora no se dirigieron más que miradas furtivas cuando ambos creían que el otro no miraba.
-Voy a la cafetería- ofreció, sorprendentemente ella- ¿Quieres algo?
-Pues... ahora mismo, nada, gracias.
Ella se levantó y regresó, a los diez minutos, armada con un bote de Fanta y un sándwich.
-Hablas muy bien español- reconoció el militar, sacando de su petate una bolsita que contenía la merienda: un bocadillo envuelto en papel estaño.
-Sí, bueno... he vivido mucho en Madrid.
-¿Viajas por turismo?- el militar decidió aprovechar que su acompañante era más extrovertida de lo que se podía esperar en una extranjera.
-No... no. Voy a Cádiz por motivos laborales. ¿tú vas allí?
-Sí. Concretamente voy a San Fernando.
Ella echó un vistazo al uniforme del militar: azul marino, botones dorados, rayas rojas en el pantalón, galones verdes a lo largo de la manga... desde luego, era la típica estampa de un militar de la armada.
Durante un rato estuvieron en silencio, cada uno a lo suyo. Él intentó desechar todo pensamiento alarmista y enterrar la sensación negativa que venía sintiendo apenas había puesto el pie en el tren, que de nuevo estaba deteniéndose.
Ambos, él y ella, se sentaron junto a la ventana para observar el trasiego de gente en la estación en la que se habían detenido.
-¿Eres militar profesional?- preguntó la chica, arrellanándose en su asiento.
-No, no... estoy haciendo el servicio militar. Afortunadamente, ya me queda poco.
-Y eres de Madrid... al menos allí cogiste el billete- ella señaló el pasaje, tirado encima del petate.
-Sí... –sonrió el chico.
-Oye... empieza a hacer frío aquí- se quejó la muchacha
-Sí, ya lo he notado....
La megafonía interna le interrumpió.
-Señores viajeros, al parecer el sistema de calefacción ha sufrido un ligero percance en alguno de los vagones del convoy. Nuestro personal técnico ya ha localizado la avería y esperamos que en breve esté reestablecido el servicio. Disculpen las molestias.
-Vaya por Dios- suspiró él.
Poco a poco, el ambiente en el vagón se fue haciendo más frío, hasta el punto de que ambos tuvieron que recurrir al pesado abrigo de la armada para protegerse del frío.
Sentados el uno junto al otro, los dos jóvenes temblaban de frío.
-No recordaba que hiciera tanto frío hoy... y menos tan al Sur- se quejó él.
Ella le sonrió y, de repente, le besó en los labios.
-Me gustas- susurró mientras le castañeteaban los dientes.
-V-vaya – fue cuanto acertó a decir él.
Poco a poco, la temperatura en el interior del vagón se fue recuperando. Se intercambiaron teléfonos y hubo más besos y caricias, pero a medida de que se iban acercando a Cádiz, aquella sensación de peligro que había sentido durante todo el día se iba acentuando, pero el soldado la relegó al olvido.
Seis días más tarde, la Gaceta de Cádiz anunciaba en primera plana el descubrimiento de ocho cadáveres horriblemente mutilados “Entre los cuales se halla el de un joven militar que no regresó tras un permiso”.
La chica, cerró el periódico y se limitó a suspirar, mientras el autobús se detenía frente al monumento de las Cortes de Cádiz.
-¿Conoces la historia del monumento?- le preguntó a su vecina de asiento, que desde bien temprano tenía una desagradable impresión de ahogo.
FIN
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