domingo, 15 de febrero de 2015

La Pesadilla

Había llegado al extremo de no querer dormir y eso empezaba a ser más preocupante que el cerrar los ojos y enfrentarse a aquella pesadilla que se repetía una y otra vez, hasta dos veces en la misma noche. Sus padres miraban con preocupación aquel fantasma en el que se había convertido, arrastrándose de un lado para otro de la casa y regañándose cuando sentía que los ojos se le entrecerraban.
         Su hermana empezó pronto a aprovecharse de la situación, registrando y saqueando sus cajones y el armario. No se sentía con fuerzas ni para alzar la voz. Celia, su amiga del alma, a la que le confiaba todos sus secretos, estaba fuera de éste, porque Celia era el centro de su pesadilla y no se atrevía a contárselo a otra persona, porque odiaba “traicionar” a su amiga por un sueño.
         La voz de su madre, que parecía rebotar desde el fondo de un pozo, le advirtió de que, precisamente, Celia estaba al teléfono.
         Se puso a desgana, pero las cinco palabras que soltó la amiga despejaron su mente como si fuese el más poderoso estimulante del mundo: - “Te espero en  el Centro” – dijo Celia, justo antes de que se cortara la conversación.
         Era el comienzo de su pesadilla. Exactamente así era cómo empezaba aquella tortura, todas las noches del último mes: Frenéticamente marcó el número del teléfono móvil de su confidente, pero la mecánica voz del buzón de voz se repitió por tres veces antes de que decidiera desistir y enfrentarse, despierta y alerta, a su pesadilla.
         Se duchó con agua casi helada para despejarse del todo, se maquilló para borrar de la cara las huellas de la falta de sueño y se vistió para la ocasión con una faldita roja, una blusita blanca y unos zapatos negros que no había llegado a usar nunca, pero que le parecieron adecuados para su atuendo.
         Cuando se miró al espejo, cayó en la cuenta de que estaba vestida igual que en su pesadilla. Se abrió la blusa y, efectivamente, el sostén era de color carne y las braguitas, negras, Hasta la cenefa de las medias coincidía. Por un momento se asustó, pero se dominó lo mejor que pudo, alegando que era una mala pasada de su subconsciente. Las piernas no dejaron de temblarle durante todo el trayecto en Metro hasta el “Centro”, como denominaba el grupo de amigas al centro comercial donde solían quedar los viernes por la tarde, después de volver de la universidad. Ese lugar era el eje de su existencia... y al parecer, el escenario para su final.
Apretó los puños al salir del Metro. Allí estaban la ambulancia, los dos policías y la anciana sentada en la acera, recuperándose de un desmayo.
 ¿Estaría bajo los efectos de un conjuro?. Ya empezaban a ser demasiadas coincidencias, si es que a esas horas podía hablarse de coincidencias.
-Podría aprovechar y desmayarme yo también. No me vendría nada mal-. pensó, sorprendiéndose por estar de buen humar a esas alturas.
Echó a andar calle abajo, tratando de captar cualquier detalle que le recordara a su sueño, pero tenía la mente bloqueada, repitiendo una y otra vez la escena que esperaba que nunca llegara a suceder, pero que estaba segurísima de que iba a vivir en pocos minutos. Cuando llegó a la esquina desde donde podía ver ya la puerta del Centro Comercial, tuvo que obligar a sus pies a no echar a correr en dirección contraria y refugiarse en el Metro.
 Tenía que terminar aquello de una vez por todas o se volvería loca.
         Echó mano al bolso, la única nota discordante en aquella pesadilla viviente y sacó el teléfono, para hacer un último y vano intento de comunicación con Celia.
         Ya estaba claro que, sucediese lo que sucediese en el interior del centro, ya nada en el mundo volvería a ser lo mismo.
         Optó por ponerse las gafas de sol, para aparentar mayor seguridad y con paso firme subió las pocas escaleras que daban acceso al Centro Comercial. Las dos puertas automáticas se le imaginaron las fauces de un monstruo dispuesto a devorarla.
         Celia estaba allí, preciosa, vestida con un pantalón que le estaba como pintado. ¿Por qué se fijaba en esos detalles, sabiendo, como sabía, lo que iba a suceder?.
         -Te he llamado un par de veces por el camino. Tienes el móvil apagado- comentó, a modo de saludo, mientras se daban los dos besos que marcaba el ritual de sus citas.
         -Qué raro- comentó Celia, sacando el teléfono del bolso- Mira... está encendido y no me han llamado en toda la mañana.
         - No tiene importancia. ¿A qué venía tanta prisa?. He venido a toda leche.
         -Clara, deberías ponerte más veces esa falda. Te queda muy bien- repuso Celia, alargando la mano para evaluar el tacto del tejido.
Su interlocutora se limitó a sonreír, aunque instintivamente retiró unos milímetros la pierna. Era el momento de la verdad, en el que Celia se convertiría en un monstruo que la haría desgraciada para toda su vida.       Cualquier cosa que pasara sería buena, incluso si Celia le declarase allí mismo que era lesbiana y estaba enamorada de ella, algo que le resultaba inconcebible, además de asqueroso.
         -Gracias por el cumplido- suspiró Clara- me gusta mucho, pero casi nunca encuentro la ocasión para ponérmela.
         -No es por nada, cielo, pero es que como sigas así, en pocos días no te la vas a poder poner.....
         De repente, sintió vértigo y su estómago hizo un amago de rebelarse y vaciar su contenido encima de la mesa. Ahí estaba: su peor pesadilla se había cumplido y Celia, su superamiga del alma, la que nunca le había fallado, a menos que se tratara de tíos, acababa de sentenciarla. Se sentía hundida y destrozada para toda la vida: acababa de llamarla gorda.


FIN

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