domingo, 15 de febrero de 2015

Gafe

Gafe... cuatro letras que, como poco, causan escalofrío y repelús.
Pues eso era yo, un gafe... aunque normalmente los que somos o hemos sido gafes no somos conscientes de ello. Somos, son, felices en la ignorancia del rastro de mala suerte que arrastramos detrás de nosotros. ¿Acaso será un mecanismo de defensa? ¿Un método para no caer en la profunda depresión que supondría saber que eres el causante de una buena parte de las desgracias que nos rodean?. De hecho, en el mejor de los casos, un gafe se percata de que suceden “cosas lamentables”, pero jamás creerá o pensará que son la causa originaria de esos sucesos. Lo habitual es que ni siquiera se percate de que ha ocurrido algún tipo de accidente hasta bastante después de que éste ha sucedido
Pero como decía antes, yo era gafe, lo reconozco y lo asumí mientras lo fui. Probé todo tipo de soluciones, incluso fui a una bruja rastafari que me recetó practicar mucho sexo, pero el remedio comenzaba a ser peor que la enfermedad.
Uno, en su modestia, no está mal hecho y cae bien entre las señoras, pero cada vez que intentaba acercarme a una de ellas, ¡paf!
Dos piernas rotas, una nariz torcida, un vestido de fiesta, carísimo, arruinado totalmente por un cubo de pintura y diversos accidentes menores fue el resultado de intentar practicar mucho sexo. Y menos mal que fue sólo eso. Si un piano que estaban subiendo al décimo piso con una grúa se llega a caer un cuarto de hora después, habría sido terrible. Afortunadamente, sólo se perdió un Mercedes deportivo.
Al final fue un vejete que regentaba un bar de carretera quien arrojó algo de luz en mis tinieblas: el gafe ha de ser traspasado a otro.
Desde entonces no me pierdo ni un solo partido de fútbol o baloncesto, con la esperanza de que el gafe encuentre a otra víctima en la que cebarse y ,desde entonces, el Madrid de baloncesto no gana ni siquiera los amistosos contra el Club Rondeño de baloncesto y del Atlético de Madrid para qué hablar: bajan a segunda, procesan a su presidente... Pero nada, el gafe seguía aferrado a mí como una mierda caliente a un zapato viejo.
El siguiente paso fue ir a toda manifestación, pero desde entonces, la policía carga con más mala leche que los grises de Franco.
Por fin, un día, pensé que el gafe se lo había conseguido traspasar a alguien, ya que al bajar al metro nadie se resbaló en la escalera, nadie se tropezó en los tornos de entrada y nadie se llevó un golpe al cerrarse “imprevistamente” las puertas del vagón. Incluso el conserje, que sospechaba de mi condición, me saludó con una inusual amabilidad y la secretaria de Don Alfonso, el dueño de la compañía, hasta se atrevió a darme dos besos. -¡Milagro!- exclamé.
Pero la felicidad, en casa del pobre y del gafe, dura poco. A media mañana, la fuente de agua se rompió, inundando media oficina, al operario de limpieza le dio un ataque de lumbago y a D. Alfonso se lo llevó por delante el carrito del ordenanza que repartía el correo por el edificio, rompiéndole la tibia por dos sitios.
-Es posible- me dije- que el gafe se lo haya pasado a alguien de la oficina.
Pero no, no era nadie de la oficina. De camino a casa, por la tarde, se produjo otro rosario de desgracias y accidentes. ¿Más coincidencias? Ya no lo parecían y cada vez más cerca, la sombra de que el gafe no me había abandonado se hacía tan larga como la ristra de accidentes que iba provocando. Esa noche había fútbol: Champions Leage para más señas y dudaba en asistir o no. Al final decidí ir al fútbol y algo me quedó muy claro: seguía con el gafe a cuestas, porque el Real Madrid quedaba fuera de Europa por los tres goles que encajó. Lo primero que pensé es que un mal partido lo hace cualquiera, pero que en el primer gol el portero madridista estornude justo cuando el balón está llegando a sus manos, que en el segundo al defensa que está tapando al delantero contrario le dé un calambre en la pierna y que en el tercero, de falta directa, un componente de la barrera no salte porque se le han caído los pantalones da mucho qué pensar... bueno, da poco que pensar: aún seguía con el gafe.
Desapareció un buen día, sin saber cómo ni a quién se le habría traspasado la maldición, pero no me importaba: Estaba libre.
Pasó un poco de tiempo hasta que conseguí que se vencieran algunos recelos y reparos, especialmente entre los más allegados. Incluso volvieron a tachar mi nombre de la lista de rechazados en el casino de Madrid.
Pasados unos días, una sombra de duda empezaba a cruzar a menudo por mi mente. ¿Quién sería ahora el gafe? ¿Sería alguien cercano?. Seguramente, porque desde mi ventana de la oficina, todos los días puedo ver varios accidentes de tráfico donde antes, jamás, había sucedido nada.
Mis ojos se desviaron al único elemento en común en todos los accidentes: el kiosco de prensa de la esquina.
Desde entonces, por si acaso, no he vuelto a leer un periódico y me doy una caminata, desde la parte de atrás del edificio, a la siguiente parada de metro.

FIN

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