La calle, vista desde el piso superior de aquella cafetería, parecía un mar de paraguas. Por tercera vez en cinco minutos, controló la hora. Aún era demasiado pronto. Había llegado temprano y ahora, después de una copa de vino y la mitad de otra, se sentía bien, a gusto y en un estado de relajación razonable, pero una cita a ciegas en pleno centro de Madrid, a mediados del mes de noviembre, con agua cayendo a espuertas y los autobuses y el metro a reventar de gente, no permitía una relajación total.
Cinco minutos para la hora: comienzan las dudas. ¿Vendría, no vendría?. Miró el teléfono móvil, esperando ver cómo llegaba el fatídico mensaje: “me ha surgido un imprevisto, lo siento”.
La hora en punto. La mitad de la copa de vino ha desaparecido y en la calle, los paraguas siguen moviéndose de un lado a otro. Uno, marrón y beige, se detiene delante de la cafetería.
El corazón se acelera. Las paredes de la cafetería parecen moverse, haciendo mucho más pequeño el espacio. Falta aire. Tentación de encender un cigarrillo y romper años de abstinencia.
De repente, aparece Martha. Es más bajita de lo que imaginaba, pero es mucho, muchísimo más guapa que en la fotografía que le envió. Mira hacia las mesas que se alinean contra el ventanal y sonríe. Se han reconocido. Primer paso concluido. Ella se sienta a su lado, después de dos besos bastante indecisos. Martha es holandesa y se nota en esos detalles. No está acostumbrada a tanto besuqueo.
-Me encantó tu última carta- dice Martha con su español correcto, pero un tanto brusco.
-Gracias... y gracias por venir. No es nada habitual que yo ande por ahí, citando a la gente a ciegas. De hecho, no he tenido nunca una cita a ciegas... hasta ahora.
-Bueno, no es técnicamente a ciegas- medita la holandesa en voz alta- Ya nos hemos escrito muchas cartas, hemos chateado muchas veces, hemos hablado alguna vez por teléfono. Es como si te conociera de hace mucho tiempo.
El encuentro es perfecto, con muchas risas, muchas miradas, muchas historias que contarse mutuamente y ninguna gana de que terminase el día.
La cita, prevista para las once de la mañana, termina a las cuatro y media de la madrugada, en la puerta del colegio mayor de Martha, entre besos y suspiros.
-¿Hasta mañana?- pregunta Martha, con un poquito de miedo.
-Hasta mañana- es la respuesta, acompañada de un beso.
Martha sale del coche y mira a ambos lados de la calle, como asegurándose de que nadie ha visto lo que ha sucedido.
Después muchas citas más, una noche quedan para cenar en un restaurante bastante discreto al que no han ido nunca antes.
Martha está radiante. Se ha cambiado el peinado, soltando su habitual cola de caballo por una melena suelta y rizada que le favorece mucho más aún.
La cena transcurre, como en las citas anteriores, como la seda, charlando de un millón de temas diferentes en los que coinciden en el 90% de las opiniones.
-Si te pidiera que te vinieses a vivir conmigo... ¿aceptarías?
Martha se calla durante unos segundos.
-Tu padre no lo aceptará.
-Mi padre es lo que menos me importa. Sé que no le va a gustar nada... pero acabará aceptándolo. Él ya sabe lo nuestro. Mi padre no es mi dueño. No... no lo es.
Martha se muerde el labio.
-¿Y cuando yo vuelva a Holanda?
-Para eso faltan muchos meses. Pero quizá me he precipitado. Disculpa...
-No, no te has precipitado- Martha sonríe con calidez y un poco de rubor se deja notar bajo el maquillaje- Quiero vivir contigo, pero quería estar segura de que has pensado en que lo nuestro no es habitual...
Se cogen de las manos. El pacto queda sellado con un beso.
A Tamazegh y Haase77, mis “holandesitas” preferidas. Que seáis muy felices.
Mr. T
FIN
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