domingo, 15 de febrero de 2015

El Cuento del Viejo

EL CUENTO DEL VIEJO

Dentro de la cueva no más que el murmullo del viento que soplaba con fuerza en el exterior. Sólo, de vez en cuando, se oía un débil crujido, quizá proveniente de un hueso de los esqueletos que alguien había depositado allí cientos de años atrás y, ahora, el balido y el tintineo de las esquilas de las cabras que entraban, seguidas por dos muchachos árabes.

Los dos jóvenes pastores no parecían preocupados por la presencia de aquellos montones de huesos, ya que los habían visto antes en otras cuevas.
-Deberíamos dormir un poco- comentó Haffed, el mayor de los dos beduinos que pastoreaban el rebaño de su familia.
-La tormenta no cesará hasta mañana- repuso su hermano Hassan.- Voy a dar una vuelta por ahí, a ver qué hay.

Con una tea en la mano, Hassan echó a andar por la cueva. Era más larga de lo que se pensaba y pasados unos metros, descendía en una pronunciada cuesta, hasta un pequeño lago, algo inusual en las cuevas que el muchacho había visto en los alrededores, que no pasaban de ser oquedades de apenas una decena de metros.

Hassan volvió sobre sus pasos para avisar a su primo.

-Haffed, ven, tienes que ver esto
Éste, bastante molesto porque se estaba quedando dormido, siguió a Hassan a desgana, convencido de que se trataba de una fantasía del adolescente. La desgana pasó a ser curiosidad cuando llegaron a la cuesta y la curiosidad en vivo interés cuando ambos llegaron a la orilla del pequeño lago.

-Es dulce- comentó el más joven, tras probar un poco de agua.
-No bebas- le amonestó Haffed, que empezó a caminar hacia el otro lado de la cueva, atraído por un débil brillo metálico.
-¿Qué es eso?- preguntó el joven Hassan, llegando hasta donde había ido su primo.

Haffed estaba pasando la mano sobre un gran objeto, de más de dos metros de altura, que estaba semi-empotrado en una de las paredes de la cueva.

-Esto lo he visto yo antes, en un libro.

Hassan miró con curiosidad a su primo, que aparte de cuidar las cabras de a familia en verano, estaba terminando la carrera de ingeniería eléctrica en Jordania y estaba considerado el hombre más culto de la tribu.

-¿Qué es?
-¿Acaso no te han enseñado nada de historia en el colegio?
-Sí, bueno... pero esto...
-Piensa: Egipto, faraones muertos...
-¿Un sarcófago egipcio aquí, en Palestina?
-No, hombre, no tiene por qué ser egipcio, pero esto es un sarcófago.
-Así que ahí dentro hay un hombre muerto.
-Es una mujer- le corrigió Haffed, señalando el policromado exterior, que representaba un rostro y unas ropas femeninos.- Y debía ser muy rica. Esto es Oro lacado.
-¿Oro? Somos ricos...
-No corras tanto. Igual estoy equivocado y no es oro, o tal vez sea un baño de oro.

Ambos jóvenes subieron a la parte superior de la cueva, taparon la entrada de la gruta con una manta para evitar que se escaparan las cabras, bajaron la leña que habían cogido la mañana anterior para hacer un fuego donde preparar algo de comida y montaron el campamento cerca del sarcófago.
Después de haber cenado algo, los dos beduinos volvieron a examinar el artefacto.

Impulsado por un extraño deseo, Haffed empezó a tantear los bordes, hasta dar con la juntura y las bisagras. No fue difícil mover la tapa, que crujió lastimeramente al separarse de la otra mitad del sarcófago.

-Tengo miedo, Haffed. Déjalo. Volvemos mañana con tu padre y el tío Muley, o si es preciso, avisamos a los judíos. Ellos traerán armas....
¿Armas para matar a un muerto?- se burló Haffed, separando un poco más la tapa del sarcófago, hasta dejar al descubierto otro, más pequeño y más ricamente ornamentado que el exterior.
-Esto sí que es oro macizo- murmuró el joven, acariciando la fría superficie metálica.

Un escalofrío recorrió la espalda del mayor de los dos primos, que decidió cerrar de nuevo la tapa del sarcófago y esperar al día siguiente, volver al campamento y regresar acompañado de su padre y sus tíos.

-Vámonos a dormir arriba-  ordenó Haffed a su primo pequeño.
Cuando despertaron a la mañana siguiente, los dos pastores bajaron de nuevo al lugar donde estaba el sarcófago, encontrándolo abierto de par en par.
-Lo dejamos cerrado, ¿verdad?- preguntó Hassan con un susurro.
-Sí, pero eso es lo de menos. El chisme este está aquí. La tormenta ha cesado ya. Corre al campamento y vuelve con los hombres. Que traigan cuerdas. Y una carretilla.
¿He de ir yo?
-Si te quieres quedar aquí solo... anda, ve. Yo estaré fuera, con las cabras.

Fuera de la cueva hacía un día soleado y no había apenas rastro de la tormenta de arena que había azotado la zona la tarde anterior.
Apenas Hassan había remontado la pequeña barranca en la que estaba la gruta, un pequeño ruido de piedrecillas atrajo la atención de Haffed.
Era una muchacha joven, casi una niña, que le miraba con curiosidad desde unos ojos negros y profundos como el pozo de los BeniSayid.

-¿Quién eres?- preguntó Haffed a la joven, que le miró con gesto de incomprensión.

A juzgar por la ropa, una delicada túnica de color rojo, la chica no era de los alrededores. Haffed repitió la pregunta en inglés, pero la chica volvió a hacer gesto de no saber qué le decía. Cuando Haffed le preguntó en  hebreo, la chica sonrió.

-¿quién eres tú?- le preguntó ella.
-Me llamo Haffed.
-Ah, bien. ¿Eres de por aquí?, ¿Me puedes decir qué pasó con las dos ciudades?.
-¿Ciudades aquí?, la más cercana está a más de ciento veinte kilómetros. Por aquí sólo hay aldeas y campamentos beduinos.
-¿Eres sodomita?- preguntó ella
-¡Oiga, cómo se atreve!- se escandalizó Haffed.
-Perdón, sólo lo preguntaba porque es la ciudad más cercana a este lugar.- repuso la muchacha, sentándose cerca del joven.
-Ven, siéntate aquí, conmigo. Cuéntame qué es lo que ha pasado, porque hace tiempo que no sé nada de esta región, aunque es más preciso decir que hace tiempo que no sé nada de lo que pasa en el mundo.

A mediodía, cuando regresó Hassan acompañado de cuatro de los hombres del campamento, encontraron las cabras pastando libre y tranquilamente alrededor de la entrada de la cueva. Cerca de la entrada, un gran charco de sangre. Unas huellas sanguinolentas, de pies pequeños, se alejaban hacia la parte baja de la barranca, pero ni rastro de Haffed, ni fuera ni dentro de la cueva.

Dos figuras, vestidas con túnicas de un extraño color que recordaba al blanco, miraban la escena desde el fondo de las capuchas con las que ocultaban sus rostros.

-¿quiénes sois vosotros?- preguntó uno de los beduinos a los extraños personajes que parecían haber salido de la nada- ¿Sabéis dónde está nuestro sobrino Haffed?
-Vuestro sobrino, sus restos, han sido llevados a suelo sagrado- respondió la voz de uno de los extranjeros, aunque no se sabía cuál de los dos había hablado y su voz se propagaba y rebotaba en las rocas como el eco de un trueno.

Los beduinos se asustaron al oír aquella voz poderosa y sobrenatural, que les anunciaba que el joven pastor había muerto.

-¿Qué le ha pasado a mi primo?- se atrevió a preguntar Hassan
Los dos extraños personajes no respondieron, sino que parecieron aumentar de tamaño y unas alas formadas por centenares de filamentos de una sustancia transparente empezaban a surgir de sus espaldas.
-¿Qué le ha pasado a mi primo?- se obstinó en preguntar el muchacho.
-Ahora hemos de buscarla- le respondió la voz atronadora de aquellos seres.- Si ella escapa de esta llanura, el Hombre morirá...
Uno de los beduinos se envalentonó.
-Si sabéis dónde está Haffed y qué le ha pasado, responded.

Un trueno ensordecedor respondió a las palabras del árabe, a la par que las extrañas alas de los forasteros se extendían varios metros a un lado y otro de sus cuerpos.

Sin tener que batirlas, los dos seres se elevaron en el cielo azul y se perdieron de vista.

Los beduinos, asustados, pero enrabietados por la muerte y desaparición de Haffed, optaron por seguir las huellas manchadas de sangre que se encaminaban hacia las orillas del Mar Muerto.

Apenas había pasado una hora, encontraron a la joven de la túnica roja sentada a la orilla del mar, no muy lejos de uno de los complejos turísticos que salpican la orilla noroccidental. Las huellas se adentraban en el agua.
A los beduinos no les fue difícil deducir que la joven era la “propietaria” de aquellas huellas.

-¿Qué has hecho con Haffed?- preguntó uno de los hombres.
La muchacha le hizo una seña para que se acercara.
-Está muerto, como tú- respondió la joven, hundiendo la mano en el pecho del hombre, que asombrado vio cómo, con un siniestro crujido de huesos, su corazón salía en el puño de la extraña muchacha.
-Y tú has tenido más suerte que éstos- carcajeó la mujer, arrojando el corazón al mar mientras el cuerpo del hombre caía a sus pies. Sin dar tiempo a que ninguno de los otros pudiera reaccionar, los beduinos fueron cayendo uno a uno, con la yugular seccionada por unas garras invisibles. Sólo el joven Hassan, paralizado por el miedo, quedó en pie, frente a la muchacha, que parecía no haberse percatado que a su alrededor habían muerto cuatro personas en pocos segundos.
-Ahora tú, Hassan Ibn Barlaty, de los BanuHayaz, dime de qué forma quieres morir.
-Quiero morir de la misma forma que Haffed- le desafió el joven.
-Qué estúpidamente romántico.- se burló aquel monstruo con forma de jovencita- pero no puedo matarte igual. A él le debo mi libertad. En cambio, anoche tú querías que Haffed no abriese mi prisión...
-¿Qué es este mar?- preguntó tras unos segundos de silencio-. Antes no estaba aquí. Esto era una llanura fértil y no este Erial sin vida.
El Mar lleva aquí desde siempre- apuntó Hassan.
-Bueno, bueno, bueno. Chico ignorante, ¿has decidido ya cómo quieres morir?

Un trueno resonó en el aire limpio de la tarde y las dos extrañas figuras que Hassan había visto en la entrada de la cueva aparecieron de la nada. Ahora eran mucho más altos y en sus manos portaban lo que parecían espadas con los filos envueltos en llamas.

-No me impresionáis en lo más mínimo- dijo la muchacha con desprecio- Sé quiénes sois. No podéis detenerme. Ahora no. Ya he probado la sangre y la carne.
-No podrás ir más allá de este lugar.- le conminó la voz de trueno. Vuelve a tu sepulcro. Tu Dios te lo ordena.
-¿Mi Dios?. Mi Dios me ató a un hombre débil. Mi Dios me negó la libertad. Mi Dios hizo de mí lo que soy. Decidle a mi Dios que si Él quiere, puede meterse en el maldito sarcófago y probar qué es lo que se siente estando ahí encerrado. Gracias por vuestra amable visita. Podéis volver a vuestro negro agujero.

Uno de los seres “alados” volvió la cabeza hacia Hassan, cuyos cabellos se erizaron al ver dos llamaradas en el fondo de la negrura que había bajo la capucha con la que el ser cubría su cabeza.

-Hassan Barlaty, es por tu bien- la voz del ser sonó como el eco de un trueno lejano y el joven beduino se sumió en el abismo de la ceguera.
-Qué divertido- se guaseó la joven- Ahora, pasemos a lo serio.

Hassan cayó al suelo, impulsado por una fortísima ráfaga de viento, mientras un ensordecedor rugido de tormenta lo cubría todo.

La muchacha, a la que le habían salido unas alas de la espalda, similares a las de una paloma, intentó huir, pero el viento la echó al suelo, no muy lejos del joven Hassan.

-Ahora tenemos más poder que antes. No nos obligues a usarlo.- Dijo alguno de los dos seres de la voz de trueno.
-No podréis detenerme- se enrabietó la joven, cuya voz había cambiado y tenía ahora un tinte metálico.

-¿Quién ganó la batalla, tío Hassan?- preguntó el pequeño Jossam, verdaderamente intrigado, pese a haber escuchado cientos de veces  aquella historia, contada por el viejo y ciego anciano de la tribu.

-¿Quién sabe?. Los dos Arcángeles guardianes y Lilith, la mujer-demonio, desaparecieron en un remolino.
-¿Y quién hubieses deseado que venciese?- le preguntó una cristalina voz de mujer desde el fondo se su mente.

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