Se lo preguntaban tan a menudo, que a fuerza de repetirlo se había cumplido el viejo dicho de “me vais a desgastar el nombre”. Ese pensamiento, por muy “chistoso” que fuera, le parecía lo más triste del mundo. No sabía en qué momento ni en qué lugar, pero desde el día anterior no conseguía pronunciarlo. De hecho, ni siquiera lo recordaba. ¿O sí?... Recordaba algo, vocales, consonantes, una tilde, pero todo estaba tan revuelto y confuso que ni con un lápiz, un papel y toda la paciencia del mundo era capaz de recomponer algo coherente. ¿Sería un nombre extranjero?. Ni por esas. Repasó libros y listados de nombres en cientos de lenguas, hasta variantes dialectales del chino, del árabe, el suahili y hasta en Córnico antiguo (la extinta lengua de Cornualles, en el sur de Gran Bretaña). No recordar su nombre era algo tan estúpido que le daba vergüenza admitirlo. Desde luego, el caco que le había robado la cartera podía haber tenido la consideración de haberle atracado en lugar de robársela sibilinamente, ya que fue al echarse mano al bolsillo para consultar su D. N. I. cuando se dio cuenta de que le faltaba la cartera. ¿Qué hacer? ¿Ir a la comisaría y decir que no sabía cómo se llamaba?. Pospuso la denuncia para un “mejor momento”.
Ya sábado por la mañana, se levantó esperando que su mujer o sus dos hijas le llamasen por su nombre. Nada. Papá, cariño, “pichurri”, papaíto... pero nada que se pareciese a un nombre propio. Por la tarde, una idea: fue al cajón donde se guardaban las declaraciones de la renta, las cartillas del banco y documentación diversa, pero el cajón estaba totalmente vacío, a excepción de una nota de su mujer:
“Cielo, he cogido las cartillas para actualizarlas. El resto de papeles los tiene Clara, mi amiga esa que es abogada, para ver si le podemos rascar algo a Hacienda. Te dejo mi tarjeta de crédito para que saques dinero”.
O sea, que hasta el lunes que Encarna, su mujer, volviera de casa de su madre, nada.
Nuestro personaje se dispuso entonces a pasar un fin de semana enganchado a los partidos del Mundial de fútbol para despreocuparse, pero cada vez que los comentaristas anunciaban un cambio o un jugador metía un gol, desde lo más profundo de su mente le llegaba el grito de agonía, como el de alguien que clama venganza, de su olvidado nombre.
El lunes por la mañana, horror y desesperación. Encarna había olvidado las cartillas en casa de la suegra. ¿Qué hacer?. ¿rendirse y pedir por caridad que alguien le llamara por su nombre?. No, decididamente no.
Había tomado la sagrada resolución de aclarar por sí mismo aquel triste y maldito misterio.
Mientras se afeitaba, se fijó en su alianza de matrimonio. ¡Bingo!. Su rostro se iluminó y empezó a sacarla del dedo, pero lo único que sacó fue un buen golpe en la cara al resbalar en el suelo del baño, abollar el coche de su mujer, obsesionado por la idea del anillo que se obstinaba en quedarse pegado al dedo y por último, llegar tarde a la oficina.
La idea de que el contubernio “judeomasónico”, unos extraterrestres y el demonio, todos aliados y al alimón, se habían conjurado contra él, empezaba a abrirse camino en su mente.
Ya en la oficina, la primera en la frente: se habían llevado su ordenador para mantenimiento y en su lugar le habían dejado uno que debió pertenecer a Tutmosis I y desde el que no podía acceder a la Intranet, relegándolo a tareas simples durante todo el día.
Durante toda la mañana, palabras como “compi”, jefe, Hernández, señor, tú, colega, Tovarisch y hasta su mote del colegio, “guillotín”, pasaron por sus oídos, pero a la hora de la comida seguía en la más negra oscuridad. Lo había intentado todo: había llamado a Proveedores y clientes pidiéndoles que le enviaran por Fax las cosas más impensables y a todos les decía la misma coletilla al final de la conversación: “en la cabecera del fax, pon mi nombre, que luego las cosas se pierden”. Pero nada de nada.
Apenas probó bocado y antes de que llegara el jefe, rebuscó y rebuscó por todos sus cajones, buscando el nombre perdido como si se lo hubiera dejado allí la semana anterior.
-¿Busca algo, señor Hernández?- le sorprendió la voz del jefe, mientras buceaba en el sacrosanto archivo de personal.
-No, nada. Estaba buscando el informe de un tal Sevilla, que trabajó en mi departamento hace tres o cuatro años, pero ya he terminado”- mintió.
El jefe hizo una mueca que se podía interpretar de muchas maneras y se metió en su cubil tras susurrar algo a su secretaria, que miró a nuestro amnésico personaje como si se hubiese transformado en caballo allí mismo, delante de ella.
Si era la sentencia de despido, mejor, así vería su nombre escrito en alguna parte. Estaba a punto de regresar a su mesa, cuando Piluca “la Tetas”, la secretaria de Don Rodolfo, le llamó la atención.
-“Señor Hernández, tengo algo para usted”
El interpelado sonrió como lo haría un lobo al encontrarse una oveja sola en el campo.
-Pili, bonita, no me llames de usted... y en lugar de señor tal, llámame por mi nombre de pila.
Ala muchacha se le escapó una risita tonta y la sonrisa le llegó hasta los pendientes.
-Como quieras... ¿Cómo has dicho que te llamas?
-Da igual, déjalo en señor Hernández- suspiró nuestro protagonista. El destino, una vez más, le dejaba a oscuras.
-Sí señor Hernández, como usted quiera. Le decía que si me hacía el favor de llevarse su correspondencia. Gabriel, el ordenanza, no ha venido hoy y el correo se me está cumulando encima de la mesa.
¡A Dios Gracias!. Su correo, estaba salvado. –“Como que me llamo José -se conjuró-, que ahí viene mi nombre escrito”.
¿qué acababa de decir? ¿José? Eso era, se llamaba José Hernández Calero... ¿Cómo diablos se le podía haber olvidado un nombre tan sencillo?. Cientos, miles de juramentos y votos a Tales y Pascuales acudieron a sus labios, pero se los guardó para cuando estuviera solo en su mesa. Cogió el paquete de manos “la Tetas” (casi se lo arrancó) y se marchó a su guarida para rumiar su pena.
Apenas e hubo sentado en su silla, algo rodó encima del escritorio: la alianza de boda, que se había salido sola del dedo. En su interior, dos nombres y una fecha: “Encarnación y José, 23 de junio de 1975”. La felicidad de haber recuperado el nombre sólo le hizo sonreír con aquella “casualidad”. Se relajó y empezó a leer las cartas dirigidas a D. José Hernández Calero, sin prisa, sin preocuparse, hasta que llegó a la última, que era un sobre abultado de grueso papel, acolchado por dentro.
Lo abrió y se quedó un tanto desconcertado: era su cartera, con sus documentos, sus tarjetas de crédito y, para su sorpresa, con los dos billetes de 50 Euros que tenía cuando echó en falta la cartera.
En el interior del sobre, además, había una nota: “¿Qué tal estos días? ¿me has echado de menos? Firmado, José”
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