“De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma”, reza una famosa frase de San Francisco Javier, uno de los más grandes misioneros jesuitas.
Pero ¿Qué ocurre cuando alguien no tiene alma que perder?
Desde muy pequeño, Sebastián podía ver “cosas raras”, un mundo de seres etéreos que iban de un lado a otro sin reparar en él, como si fuera invisible, mientras que ellos sí parecían reparar en las otras personas “normales”, que a su vez, ignoraban o no podían verlos.
Durante unos años, aquellos seres desaparecieron, para reaparecer con fuerza a los pocos días de cumplir los 25 años. Concertó una cita con un psiquiatra, pero en el trayecto que iba de su casa a la consulta, una pelirroja se sentó junto a él en el metro.
-Puedes verlos ¿verdad?
-¿Cómo dice?
-Sí, a los ángeles... están por todas partes, a nuestro alrededor, yendo, viniendo, cuidando las almas que ellos –señaló alrededor- llevan dentro.
-¿Y por qué puedo verlos yo y no ellos?
-El alma actúa de filtro.
-¿Qué quieres decir?
-Que tú no tienes ese filtro. Eres un error. No tienes alma.
-Pero... yo... si yo no tuviera alma...
-No la tienes- se empecinó la mujer.- Eso no quiere decir que seas un depravado o un ser irracional. Eso depende de cómo afrontes la vida.
-Esto es una locura- dijo él, sacudiendo la cabeza, como si con ello quisiera echar de su mente a la pelirroja y a los “ángeles”, como los había llamado ella.
Una luz se hizo en su mente.
-Todos estos “seres” son ángeles, ¿no?... ¿Dónde están los demonios entonces?
-La respuesta a eso es complicada y no creo que estuvieras preparado para asumirla...
-¿Tú eres un demonio?
-Oh, no... no... Yo soy una mujer normal, que como tú, no tengo alma.
-¿Y somos muchos?
-No, unos pocos en el mundo, pero los suficientes como para que Dios se haya percatado de que estamos aquí.
-¿Qué?
-Bueno, no sé cómo explicártelo... pero deberías leer esto.
La mujer sacó de su bolso un librito con pinta de libro de oraciones y se lo entregó.
-Ahora debo marcharme. Hemos estado juntos mucho tiempo y alguno de los “guardianes” podría habernos detectado. Solos no corremos apenas peligro, pero juntos somos una sombra que no pasa desapercibida.
La pelirroja bajó del vagón en la siguiente parada sin decir nada más.
Él miró alrededor, para ver las reacciones de los que tenía alrededor, pero nadie parecía haberse dado cuenta de la conversación. Incluso dudó de que alguien hubiera visto a la mujer.
Su vida se había convertido, en menos de cinco minutos, en una novela barata de espías. “Chica misteriosa se acerca a chico, chica misteriosa le confiesa algo terrible, le da un microfilm –en este caso un libro- y chica misteriosa desaparece, dejándole el marrón al chico”.
Este pensamiento le hizo sonreír amargamente. Cuando llegó a su parada y se bajó del metro, algo le hizo volver la cabeza. Allí, plantado en medio del andén, uno de aquellos seres etéreos flotaba, como esperando algo o a alguien. No era como los otros, que no pasaban de ser unas simples siluetas. Este era alto, grande, casi corpóreo. No iba y venía, acompañando a alguien, sino que estaba allí, plantado. De vez en cuando, alguno de los otros “ángeles” se detenía y parecía hablar con él. Se sentó en un banco y le observó más detenidamente. En un momento dado, de su mano surgió una espada con los filos envueltos en llamas y se acercó, flotando hasta un adolescente que salía del tren que acababa de llegar. El ángel levantó la espada y la descargó, atravesándolo. Aparentemente no sucedió nada, pero cuando el chico estaba subiendo las escaleras para abandonar el andén, una mujer que bajaba en sentido contrario a toda prisa le empujó, desequilibrándole.
Cuando llegó el SAMUR, no pudieron hacer nada por el chico: se había desnucado al caer contra el último peldaño.
Asustado, Sebastián, el hombre sin alma, salió a escape por la otra escalera.
Aquel ser era uno de aquellos “vigilantes”, encargados de erradicar los “errores”.
Eso y otras muchas cosas más las había aprendido en aquel librito que le había dado la pelirroja.
Seis meses después de aquel encuentro, Sebastián, Sebas, había aprendido de memoria todo lo que había en aquel librito y había llegado a una conclusión: el alma era el mayor freno que podía tener un hombre o mujer. Sin alma que impidiese el acceso a una gran parte del cerebro, cualquiera podría comunicarse por telepatía, mover objetos por telequinesia, levitar... e incluso doblegar voluntades por medio del pensamiento. Pero esto era peligroso, porque era lo único que podía atraer la atención de un vigilante que estuviese cerca.
Apenas había pasado un año, Sebastián recibió una carta, firmada por una mujer, que decía conocerle y que él identificó como la pelirroja que le abordó en el metro un año atrás. Quería citarse con él en un lugar donde podrían hablar a distancia, pero lo suficientemente cerca como para verse y que ella le pudiera dar algo.
El lugar acordado para la cita, un parque, estaba lleno de gente. Se hablarían a través del teléfono móvil y sólo entrarían en contacto para que Sebas recogiera algo que ella tenía para él.
Sebastián marcó el número de teléfono que acompañaba a la carta a la hora indicada y la voz de la mujer pelirroja le llegó desde el auricular.
-Hay un vigilante junto a la fuente grande- fue lo primero que dijo ella.
-Lo he visto- ¿Casualidad?
-Es posible, pero cuando te pasas toda la vida huyendo de ellos, nada te parece casualidad.
-¿Por qué nos quieren matar? ¿Qué les hemos hecho?
-No es lo que hayamos hecho, sino lo que podemos hacer. Tú ya sabes una parte, una pequeña parte... Ellos, en realidad, nos tienen miedo, Sebastián. Miedo.
-Antes que nada, quisiera saber unas cuantas cosas....
-Como por ejemplo, ¿cómo sabemos tanto de ti?
-Antes que eso, quiénes sois, por qué yo...
-Considéranos como la Asociación de Víctimas del Terrorismo, de la que tú, por el simple hecho de no tener alma, eres miembro de pleno derecho. En cuanto a cómo sabemos tanto de ti es por el psiquiatra al que ibas a visitar. Ha sido pura y simple casualidad. Él nos puso sobre tu pista.
De repente, ella guardó silencio. Sebastián sintió un escalofrío y miró hacia el lugar donde estaba el vigilante que había detectado al llegar. Además del vigilante, Sebas vio dos figuras altas, vestidas con unas túnicas blanquecinas, que avanzaban entre la gente.
Una persona se volvió hacia ellos y echó a correr por el parque, como enloquecido.
Los dos extraños personajes volaron tras él, perdiéndose tras unos setos.
-Arcángeles- murmuró la mujer al otro lado del teléfono- Ese pobre desgraciado los ha visto o los ha sentido.
-¿Lo matarán?
-Ya está muerto. Tengas o no alma, ver a un arcángel es la muerte segura. Nos vamos de aquí. Voy a dejar un maletín en el banco en el que estoy sentada. Junto a la fuente... ¿me ves?
-Ahora sí- dijo Sebastián, al divisar a la mujer, sentada junto a una fuentecita, mirándole fijamente.
-Bien, ven hacia mí y cuando estés a cinco pasos, yo me levantaré y me dirigiré hacia mi izquierda. Tú cogerás el maletín y te irás en sentido contrario.
-¿Y los arcángeles?.
-Esperemos que no aparezcan.
-¿Y los demonios? ¿Por qué no los vemos?
-Oh, sí que los ves... pero por ahora no es necesario que sepas más de ellos. Cuidado con los vigilantes.
Sebastián cogió el maletín y se marchó a casa. Justo en la puerta vio dos vigilantes, que parecían esperarle.
Ni se inmutaron cuando pasó entre ellos. Pero apenas abrió la puerta de su casa, estuvo a punto de gritar de terror. Tirada en el suelo, estaba la mujer pelirroja y junto a ella, los dos arcángeles.
-No vamos a hacerte daño- dijo una voz cavernosa que no provenía de ninguna parte en concreto.
-¿La habéis matado?
-Nos está prohibido matar- replicó la voz, que Sebastián supuso era de los arcángeles.
Él miró a la mujer pelirroja. Sí, aparentemente respiraba.
-¿Por qué?
-Jamás habríamos intervenido si ella y los... otros se hubieran atrevido a hacer un movimiento de “resistencia”
-¿Y si yo fuera de su movimiento?
Los dos arcángeles se aproximaron a Sebastián, que estuvo a punto de correr hacia la escalera, pero los dos seres pasaron a través suyo y desaparecieron por el hueco del ascensor.
La mujer despertó lentamente.
-Dijiste que ver a un arcángel era morir.
-¿Me han traído ellos?
-Sí.
-Pues hemos muerto....
-Yo me veo muy vivo.
Ella se levantó del suelo y se acercó a una ventana.
-Ven, mira
-¿No notas nada extraño?
-No... los mismos coches de siempre, al misma cantidad de personas....
-Y ni un solo ángel, ¿verdad?
-No... ¿Por qué?
-Porque tu alma, y la mía, no nos permiten verlos.
A la mañana siguiente, Sebastián se levantó con un terrible dolor de cabeza, probablemente fruto de la gran cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo.
A su lado, la mujer pelirroja ronroneaba como un gato, aún dormida.
-Vaya mierda- se dijo, mientras se levantaba e iba al baño. Pero mientras volvía a la cama, se quedó paralizado: Junto a su compañera accidental de cama había una débil figura evanescente.
-Oh, mierda... otra vez no.
-¿Qué dices?- murmuró ella.
-No, nada... me duele mucho la cabeza.
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